Por Diego Javier Luis *
Uno de los mitos más generalizados sobre la sociedad colonial en América Latina es que era católica, y punto. Es una historia familiar: como lo cuentan los libros de historia, los europeos llevaron su religión al Nuevo Mundo y ninguno fue tan entusiasta en sus intentos de convertir a los pueblos indígenas como los españoles.
De hecho, desde el punto de vista español, la búsqueda de difundir el catolicismo a todos los rincones del mundo fue un pilar central de la colonización.
Una mirada rápida a cuán profundamente católica sigue siendo gran parte de la región (alrededor del 57% de los latinoamericanos) parece reforzar la idea del éxito de los misioneros españoles.
Pero, en verdad, el control español en América estaba lejos de ser absoluto. A pesar de las amplias proclamas de los misioneros que afirmaban convertir miles de almas cada día al cristianismo, la vida espiritual en las colonias habría hecho que el Papa lo intentara de nuevo.
Lejos del Vaticano
Las colonias de España eran un vasto mosaico de tierras fronterizas construidas sobre la infraestructura humeante de civilizaciones indígenas como la mexica y la inca.
Incluso en los centros de control colonial, como Ciudad de México y Lima, el poder español estaba descentralizado, lo que significa que prácticamente no se implementó de manera consistente ninguna política, orden o ley.
El alcance de la corona española dependía tanto de los caprichos de administradores de bajo rango como de los propios asesores del rey. La influencia despareja de la autoridad colonial también se mantuvo en el ámbito de la religión, un foco de mi investigación histórica.
Muchas veces, «conversión» significaba simplemente bautismo. Los sacerdotes rociaban agua sobre la cabeza de los conversos, les daban un nombre «cristiano», es decir, hispano, y los animaban a asistir a misa los domingos.
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Sin embargo, la asistencia fue a menudo muy irregular, y hay muchas razones por las que eso fue así. En primer lugar, la crueldad de algunos españoles en el Nuevo Mundo difícilmente los convirtió en elementos que hiciera atractivo el cristianismo.
Las últimas palabras de Hatuey
Las legendarias últimas palabras de Hatuey, un líder indígena taíno que encabezó una rebelión en lo que hoy es Cuba, son suficientes para dejar claro el punto.
Momentos antes de que fuera quemado en la hoguera, un sacerdote lo instó a convertirse para que su alma fuera al cielo. Hatuey preguntó si los españoles también iban al cielo.
Cuando el sacerdote respondió que «los buenos sí», Hatuey replicó, sin necesidad de mayor reflexión, que si ese era el caso, entonces optaba por ir al Infierno para asegurarse de no volver a «tener que poner los ojos en esos crueles brutos».
Bartolomé de las Casas, el conocido misionero del siglo XVI, documentó ese incidente para condenar la violencia de los colonizadores españoles en América.
Además de la brutalidad de los conquistadores, las prácticas espirituales indígenas recibieron un impulso involuntario del propio jefe de la Iglesia.
Pablo III, papa de 1534 a 1549, concedió exenciones religiosas especiales a los pueblos indígenas de América, ya que eran nuevos conversos o «neófitos» en la fe. Ese estatus significaba que se les perdonaba no observar correctamente todas las prácticas católicas: no celebrar todas las festividades, no ayunar con frecuencia, casarse con primos, etcétera.
Ese enfoque un tanto flexible -pero no menos violento- de la conversión significó que las prácticas espirituales indígenas a menudo se fusionaran con las españolas.
Quizás el mejor ejemplo de este sincretismo religioso sea Nuestra Señora de Guadalupe, a quien muchos católicos veneran como una aparición de la Virgen María, incluidos los católicos indígenas.
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Sin embargo, muchos pueblos indígenas también identifican a Guadalupe con Tonantzin. La palabra significa «Nuestra Madre» en náhuatl, el idioma de los mexicas, y podría referirse a múltiples diosas.
El papel de la trata de esclavos
En tercer lugar, a medida que la trata transatlántica de esclavos se intensificó durante el siglo XVI, los sistemas espirituales de África occidental y central occidental entraron en escena.
Por ejemplo, muchos africanos y sus descendientes utilizaron amuletos protectores llamados «nóminas» y «bolsas de mandinga», y adaptaron los rituales curativos africanos y los conocimientos médicos a los entornos del Nuevo Mundo.
Mientras tanto, la trata transpacífica de esclavos, menos conocida, trajo a miles de asiáticos al México colonial y complicó aún más el panorama religioso. Los asiáticos utilizaron una amplia variedad de creencias y prácticas para navegar e incluso resistir las condiciones de su esclavitud.
Hicieron pócimas, aprendieron encantamientos e incluso renunciaron públicamente a su fe en Dios, Jesús y los santos para llamar la atención sobre un trato injusto.
Burocracia y tortura
Las autoridades españolas estaban ansiosas por tomar medidas drásticas contra esas creencias espirituales y fundaron nuevas ramas de la Inquisición en Lima y la Ciudad de México a fines del siglo XVI.
En ese momento, la Inquisición española había existido durante casi un siglo, vigilando el límite entre las prácticas y creencias católicas aceptadas y heréticas.
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Mientras que la Inquisición en Europa es famosa por haber juzgado y asesinado a miles de personas, la Inquisición en la Ciudad de México reservó la ejecución sólo para unas pocas docenas de casos. Los azotes, los exilios, los encarcelamientos y la vergüenza pública eran la norma.
La mayoría de los indígenas quedaron exentos de ser denunciados ante la Inquisición, ya que eran considerados neófitos cristianos y propensos a errores.
Sin embargo, africanos y asiáticos, así como sus descendientes, personas de etnias mixtas, «moriscos» (musulmanes conversos), «conversos» (judíos conversos), protestantes e incluso católicos españoles con frecuencia chocaron con los inquisidores.
Los juicios de la Inquisición generaron montañas de papeleo, en parte porque los escribas eran obsesivos en su minuciosidad. En ocasiones, incluso registraron cada exclamación que un prisionero gritaba en las famosas cámaras de tortura de la Inquisición.
Mosaico espiritual
Hoy en día, estos casos proporcionan una visión poco común de las culturas espirituales de los sujetos más marginados de la sociedad colonial. A menudo se acusaba a los no europeos de blasfemia y de preparar pociones de amor para seducir a marineros, soldados y comerciantes.
Aunque los españoles castigaban la adivinación y otras prácticas no aprobadas, no era porque consideraran que esos rituales eran inútiles o ineficaces. Todo lo contrario: creían que funcionaban pero que estaban impulsadas por el diablo y, por lo tanto, eran una fuerza del mal.
Etiquetar a América Latina y su período colonial uniformemente como «católicos» silencia esta rica historia. Por supuesto, había miles de católicos en las colonias, y el catolicismo era un principio central del colonialismo español.
Pero esa no es la historia completa: otras creencias prosperaron y se convirtieron en nuevas realidades de la vida colonial.
* Profesor asistente de Historia, Universidad de Tufts / Publicado originalmente en The Conversation.













