La relación entre los presidentes de Estados Unidos e Israel suele recordarse a través de figuras como Harry Truman —que reconoció al nuevo estado minutos después de su declaración de independencia— o, en tiempos recientes, Donald Trump y su especial marca de diplomacia. Mucho menos habitual es que John Kennedy aparezca en esas conversaciones, pese a que dejó una huella duradera en el vínculo bilateral.
Esa paradoja es el eje de un nuevo análisis publicado en el blog de la Biblioteca Nacional de Israel, un artículo de Hillel Kuttler que revisa la breve pero significativa gestión de Kennedy y su impacto en la alianza que todavía hoy une a los dos países.
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Según el artículo, Kennedy no suele figurar entre los mandatarios estadounidenses más influyentes para Israel, pero su aporte fue considerable: fue el primero en vender armas al país y el primero en describir los lazos entre Washington y Jerusalén como una «relación especial». Para Eytan Gilboa, profesor de la universidad Reichman citado en la nota, Kennedy «gustaba de Israel» y le tenía «mucha simpatía».
Impresiones de juventud
Kuttler recuerda que Kennedy visitó la región dos veces antes de llegar a la Casa Blanca: en 1939, como estudiante de Harvard, y en 1951, como congresista. En su campaña presidencial de 1960 evocó aquel primer viaje, cuando vio a los judíos «desarrollar el país bajo condiciones de extrema dificultad, con trabajo y sacrificio».
Los viajes de Kennedy, especialmente el primero, antes de la creación del moderno estado de Israel, «parecieron tocar la fibra sensible de la humanidad» del joven de 22 años, quien «quedó impresionado por la férrea determinación de los judíos» que vivían en un territorio todavía desolado y polvoriento, señaló el artículo de la Biblioteca.
En un discurso de campaña de 1960, recordó la nota, Kennedy calificó a Israel como una «realidad triunfante» de la visión de Herzl y recordó aquella visita de 1939, cuando presenció cómo los judíos desarrollaban el país «en condiciones de extrema dificultad, mediante el trabajo y el sacrificio».
«Se percibe una sensación de dedicación… y una disposición a soportar las dificultades», dijo el entonces futuro mandatario.
Ya como presidente, Kennedy mantuvo dos encuentros clave con líderes israelíes. El primero fue con David Ben-Gurion, el 30 de mayo de 1961, en el hotel Waldorf-Astoria de Nueva York. El segundo, el 27 de diciembre de 1962, en Palm Beach, Florida, con la canciller Golda Meir.
En esa reunión, según reconstruye Kuttler, Kennedy le dijo a Meir: «Está muy claro que, en caso de una invasión árabe, Estados Unidos acudiría en apoyo de Israel».
Dilema y pragmatismo político
Pese a esas señales de respaldo, el vínculo no estuvo exento de matices. Kuttler cita al historiador Herbert Druks, cuyo libro John F. Kennedy and Israel sostiene que figuras israelíes como Shimon Peres creían que Washington no llegaría a defender militarmente al país si fuese necesario. Por eso Israel buscó una declaración pública más contundente —incluso una alianza formal— que Kennedy rechazó por temor a dañar los vínculos con los estados árabes.
Esa ambivalencia también aparece en cómo los especialistas interpretan la postura del presidente. Como señala el análisis, algunos historiadores creen que Kennedy sentía un vínculo emocional con Israel, mientras que otros lo ven como un político pragmático, consciente del valor del voto judío en las elecciones estadounidenses.
Misiles y aviones
En agosto de 1962, cuando ya estaba en la Casa Blanca y tras inicialmente oponerse a la operación, Kennedy autorizó la venta a Israel de los misiles antiaéreos Hawk, una decisión que enfrentó objeciones internas en Washington.
Según Kuttler, ese paso fue decisivo: marcó la primera venta formal de armamento estadounidense a Israel y abrió el camino a la cooperación militar que crecería durante las décadas siguientes.
La operación incluyó además un préstamo de 23 millones de dólares, a diez años, y un intento de la administración de vincular el acuerdo con el retorno de algunos refugiados palestinos. Ben-Gurion rechazó esa condición y el gobierno estadounidense finalmente la retiró.
Para Kuttler, decisiones como la venta del sistema Hawk fueron «muy significativas» porque ayudaron a cimentar la «relación especial» entre ambos países, un legado que pesaría en todas las administraciones posteriores.
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La continuidad quedó en evidencia poco después del asesinato de Kennedy: su sucesor, Lyndon B. Johnson, no solo mantuvo la línea de apoyo sino que la profundizó.
Johnson fue el primer presidente estadounidense en autorizar la venta de armas ofensivas a Israel (aviones de combate Phantom), un paso que marcó un antes y un después en la relación estratégica entre ambos países.













