Un equipo internacional liderado por la Universidad de Tel Aviv identificó un mecanismo clave que permite que el cáncer de mama genere metástasis en el cerebro, una de las complicaciones más letales y difíciles de tratar de la enfermedad.
El hallazgo no solo explica por qué ocurre este proceso, sino que abre la puerta al desarrollo de nuevos fármacos y a estrategias de seguimiento personalizado para detectar el riesgo mucho antes.
«La mayoría de las muertes por cáncer no se deben al tumor primario, sino a las metástasis en órganos vitales«, recordó la profesora Ronit Satchi-Fainaro, quien encabezó el estudio junto a su colega Uri Ben-David y trabajó al lado de decenas de investigadores de seis países.
Entre esas metástasis, añadió la científica israelí, las cerebrales «son de las más mortales y complejas». Y «una de las grandes preguntas sin resolver es por qué ciertos tumores se diseminan a órganos específicos«.
«A pesar de su importancia, sabemos muy poco sobre los mecanismos que lo permiten, y eso fue lo que buscamos entender», señaló.
Encontrando un punto de partida
La investigación combinó dos enfoques complementarios: el estudio del microambiente tumoral —cómo interactúan las células cancerosas con su entorno— y el análisis de alteraciones cromosómicas propias de las células malignas.
Para ello, los científicos analizaron datos clínicos y genómicos de pacientes, realizaron experimentos genéticos y metabólicos en células cultivadas y ensayos funcionales en modelos animales.
El punto de partida fue la identificación de una alteración específica: la pérdida del brazo corto del cromosoma 17 en células de cáncer de mama. «Cuando este segmento se pierde, el riesgo de desarrollar metástasis cerebrales aumenta de forma significativa», dijo Ben-David.
El rol del gen p53 y un nuevo blanco terapéutico
En esa región se encuentra el gen p53, conocido como «el guardián del genoma». Durante el estudio, continuó el profesor de la Universidad de Tel Aviv, «descubrimos que la ausencia de un p53 funcional es esencial para que las metástasis cerebrales se formen y prosperen«.
Satchi-Fainaro detalló que el cerebro presenta un entorno radicalmente distinto al tejido mamario. «La adaptación de la célula cancerosa a ese ambiente está estrechamente vinculada al daño en p53», afirmó.
Según el estudio, cuyos resultados fueron publicados en la revista especializada Nature Genetics, ese gen regula la síntesis de ácidos grasos, un proceso crítico en el cerebro. Las células sin p53 producen más lípidos, lo que les permite crecer y dividirse con mayor rapidez en ese entorno.
El equipo también observó una interacción intensificada entre las células cancerosas con p53 dañado y los astrocitos, células de soporte del cerebro. En ese proceso, las células tumorales «secuestran» sustancias secretadas por los astrocitos para fabricar ácidos grasos.
Allí aparece un actor central: la enzima SCD1, cuya actividad es mucho mayor en las metástasis cerebrales con p53 alterado.
«Decidimos apuntar a SCD1 como posible blanco terapéutico”, continuó el profesor Ben-David. Al probar inhibidores de esta enzima —fármacos en desarrollo para otras enfermedades—, los investigadores lograron frenar de manera significativa el crecimiento de metástasis cerebrales, tanto en modelos animales como en muestras de pacientes.
Además, el hallazgo permitiría identificar tempranamente a mujeres con mayor riesgo y ajustar tratamientos y controles, como resonancias cerebrales más frecuentes. «El camino es largo —concluyeron los investigadores—, pero el potencial es enorme.













