Un estudio que investigadores de la Universidad Ben-Gurion del Negev llevaron a cabo durante diecisiete años desafía una de las ideas más extendidas sobre el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (ADHD): que el riesgo queda determinado al nacer.
El trabajo mostró que, especialmente en ciertos niños, el entorno temprano puede reducir de forma significativa la aparición de síntomas a lo largo de la infancia y la adolescencia.
La investigación, cuyos resultados fueron publicados en la revista científica Infant and Child Development, siguió a unos 125 niños desde el nacimiento hasta la adolescencia. El equipo analizó una combinación de factores tempranos, entre ellos el temperamento infantil, la presencia de síntomas de ADHD en los padres y la calidad del entorno hogareño durante los primeros años de vida.
El hallazgo central es que los llamados «factores de riesgo» no impactan de la misma manera en todos los niños. En particular, los bebés que mostraban alta actividad motora en los primeros meses de vida, y que además tenían padres con niveles elevados de síntomas de ADHD, resultaron ser más sensibles a las características de su entorno.
En estos niños, crecer en un hogar rico y estimulante se asoció con un mejor funcionamiento cognitivo hacia los 7 años de edad. A su vez, ese mejor desempeño cognitivo se vinculó con menos síntomas de ADHD durante la niñez tardía y la adolescencia, señaló el reporte.
Cuando la sensibilidad marca la diferencia
La misma sensibilidad que los volvía más vulnerables en entornos pobres en estímulos –detectaron los investigadores de la universidad israelí– parecía convertirlos en los principales beneficiarios de ambientes de apoyo.
El estudio fue liderado por las profesoras Andrea Berger y Judith Auerbach, junto con el doctor Tzlil Einziger. Según explicaron las expertas de la Universidad Ben-Gurion del Negev, los resultados cuestionan las clasificaciones simplistas.
“No existen solo niños ‘sensibles’ y ‘no sensibles’. La sensibilidad se distribuye en un continuo, moldeado por la interacción entre el temperamento del niño y las características parentales”, remarcó la profesora Berger.
Esta perspectiva pone el foco en la interacción entre biología y ambiente, y se aleja tanto del determinismo genético como de explicaciones exclusivamente sociales. En lugar de preguntar si un niño «tendrá o no ADHD», el estudio propone analizar para quiénes el entorno temprano marca una diferencia más profunda.
Para la profesora Auerbach, comprender esta dinámica tiene implicancias prácticas claras. “Entender estas diferencias puede ayudar a diseñar entornos tempranos que apoyen mejor a los niños que más lo necesitan”, concluyó.
En ese sentido, aseguraron desde la universidad, los resultados refuerzan la importancia de las políticas de acompañamiento familiar y estimulación temprana como herramientas concretas para modificar trayectorias de desarrollo a largo plazo.













